LA FIESTA TAURINA EN DAGANZO por Mariano Fernández

El toro que escapó por el tejado

Cuando éramos unos chiquillos, mi abuelo materno, del que procede mi nombre y al que recuerdo con enorme cariño, nos contaba muchas historias para entretenernos, sorprendernos y hacernos reír.  Algunas eran verídicas y otras no tanto. Su humor solía estar relacionado con la escatología, basta decir que su escritor favorito era Quevedo, pero eso es otro tema que no tiene mucho que ver en este asunto.

Mi abuelo me contó que hace muchos años, en unas fiestas patronales, un toro se escapó de los toriles de la plaza por el tejado de las casas. Entonces la plaza de toros era la actual Plaza de la Villa y los toriles estaban en la calle de Enmedio. Por lo inverosímil de la historia pensé que tenía la misma credibilidad que la del tío Isidrito, que comía huevos de hormiga para expeler los gases.

El caso es que varios años más tarde, también en las fiestas de Daganzo, me paró un señor mayor por la calle y me preguntó si yo era del pueblo y si había oído hablar sobre una historia de un toro que había escapado de los toriles por el tejado. Le dije que sí y me comentó que él era hijo del ganadero que había traído ese toro. Desde entonces, no tengo más remedio que reconocer la historia como verdadera, aunque en el pueblo no la conoce casi nadie.

El coso taurino

Antes de que los toriles se empezaran a instalar en la calle de Enmedio, se guardaban los toros en un corral existente en la calle de La Fragua. Al menos eso decía un documento antiguo que leí hace tiempo. Por cierto, los toros se traían hasta el pueblo conducidos por vecinos a caballo que los recogían en el prado de la Vega.


Preparados para recoger los toros. Fotografía aportada por Carlos Cabau.


El ruedo ocupaba toda la superficie de la actual Plaza de la Villa excepto una franja que iba desde la actual calle de Príncipe Felipe hasta la calle Mayor, quedando fuera del ruedo la boca de ambas calles y la iglesia. Este espacio se delimitaba por una línea de talanqueras tras la que se situaban carros o, más recientemente, remolques que servían para acomodar al numeroso público. Las calles de Enmedio y La Fragua se cerraban por los toriles o por talanqueras.

En los años 60 del siglo XX se habilitó otra franja desde la calle de La Fragua que dejaba fuera del coso esta calle y el edificio del ayuntamiento. Las talanqueras, antes horizontales, eran troncos de madera dispuestos verticalmente semienterrados en una imponente zanja que realizaban anualmente a pico y pala el señor Gabriel Castro, que era el alguacil, con uno o dos ayudantes. Entre palo y palo se dejaba un hueco para poder pasar a través de él una persona de complexión normal. Esta franja se utilizó también para instalar remolques.

Dentro de la plaza, las peñas y grupos de amigos construían sus burladeros, donde se pasaba una amena tarde entre el espectáculo, la merienda y los botellines.


Aspecto de la plaza de toros. Foto aportada por Carlos Cabau.


En los años 80 se sustituyeron los remolques por gradas, y los troncos por talanqueras de metal. Fue tan solo unos años antes de que se trasladasen los toros a una plaza portátil situada en las antiguas eras, frente a la casa de la señora Avelina. El consistorio adquirió finalmente la plaza portátil pasando a ser permanente hasta la actualidad. En el año 2022 se le dio a la plaza el nombre de nuestro vecino Diego Valladar, ganadero y figura del toreo, principalmente con las banderillas..

Las protestas populares

De muchacho escuché otra historia, que no sé si deformada o no, decía que en 1902 durante las fiestas patronales el alcalde del pueblo se negó a soltar las vaquillas por la noche, al parecer por falta de seguridad. La oposición de los vecinos fue tan grande que dejó las llaves de los toriles en el portal de su casa y los dijo que allí estaban las llaves, que él se iba a dormir y, si querían cogerlas sería bajo su responsabilidad. No sé cómo acabo la cosa, pero la realidad fue que el alcalde murió un mes después, dicen que del disgusto. El alcalde era Dámaso Godín, tatarabuelo del que escribe estas líneas.

La noticia circuló por los principales periódicos de la época, aunque la historia cambia sustancialmente.


Heraldo de Madrid. 17 de septiembre de 1902.


En otro episodio más reciente, como hemos visto antes, en los años 80 del siglo XX se tomó la controvertida decisión de sacar los festejos taurinos de la plaza del pueblo. Una parte significativa de la población se puso en contra de esta decisión y las protestas cristalizaron en manifestaciones frente al ayuntamiento. Como las manifestaciones no dieron resultado, se decidió organizar unas fiestas paralelas junto a la ermita de la Virgen del Espino que se realizaron durante varios años con cierto éxito.


Tarde de toros en la Ermita. Foto aportada por Mariano Valladar.



Nuestras figuras del toreo

En el primer tercio del siglo XX tuvimos un torero de renombre  que se llamaba Francisco Godín, más conocido en el pueblo como "Paquito el torero". En la crónica taurina del diario "Ahora" del 2 de junio de 1936, bajo el título de "Es de ley y madrileño ese Paquito Godín" escriben sobre Francisco: «torero de sello personal en el estilo, de valor frío, sereno, alejado de lo espectacular; que es novel y tiene una concepción de la lidia; que sabe dar órdenes en el ruedo y consumar la suerte de matar. Todas esas cualidades no están aún, como es lógico, en su máxima tensión, pero las ha apuntado con claridad nada común en un debutante. Estamos, pues, no ante la esperanza de un nuevo torerito "standar", sino ante la posibilidad de un torero completo valeroso, de estilo puro rondeño y de sello muy personal. Torea con el capote recogido y las manos muy bajas; carga la suerte y da el lance ceñidísimo. 

Cortó la oreja en ambos novillos, dio la vuelta al ruedo y salió de la plaza a hombros de los entusiastas. Aunque los carteles decían que es de Sevilla resulta que es de Daganzo, un pueblecito de la provincia de Madrid, cercano a Alcalá de Henares. Madrid puede, pues, tener un torero en Paquito Godín, si ahora lo dirigen con acierto.»


Francisco Godín (izquierda) y José Gil vestidos de luces en Vista Alegre. 7 de junio de 1936. Foto de Martín Santos Yubero. Archivo Regional de la Comunidad de Madrid.


En el momento de escribir estás líneas tengo a mi lado a Mariano Valladar, torero aficionado  de gran carisma en nuestro municipio y gran aficionado a los toros. Durante muchos festejos locales nos ha deleitado con sus pases de capote y muleta.


Mariano Valladar lidiando su primer novillo. Foto aportada por Mariano Valladar.


Mariano Valladar en un lance con el capote. Foto aportada por Mariano Valladar.


En la actualidad, Diego Valladar, acreditado ganadero de bueyes y toros bravos, se ha lucido por las plazas más importantes de toda España mostrando sus grandes habilidades taurinas, especialmente con las banderillas. También demuestra su saber hacer en todos los cosos que pisan al ritmo de las zumbas sus impresionantes, lustrosos y educados bueyes berrendos capirotes en colorao.


Diego Valladar, pregonero de las fiestas 2022. Foto Ayto. Daganzo.


Víctor González Fuentes estudió en la escuela taurina y toreó varias novilladas sin picadores.

Laureano Sanz, Jesús AlonsoAlejandro García... antes de subir al cielo, nos dejaron en la memoria sus recortes y piruetas. Paco Caballero fue muy conocido en la comarca por sus carreras con los astados.


La maroma.

Después de la lidia, para capturar al toro y poderle apuntillar se utilizaba un método bastante desconocido hoy en día. La maroma era una cuerda gruesa y larga, unos 20 metros de longitud por 3 centímetros de diámetro, en cuyos extremos se colocaba un grupo de 3 o 4 mozos. La técnica consistía en tensarla tirando con fuerza y dejarla caer sobre los lomos de la res. Si el animal no se sacudía tirando al suelo la maroma, ambos grupos avanzaban sigilosamente para cruzarse varios metros por delante del toro, hacer un nudo y volver a tensar la cuerda cerrando el nudo en los cuernos del morlaco. En este momento había que tirar fuerte de los dos lados para conseguir inmovilizar al animal a mitad de la maroma y apuntillarle, labor que acometía con bastante pericia José Gutiérrez.  Normalmente había que hacer varios intentos hasta que se lograba apresar al toro por este sistema.





Podría contar muchas cosas más, a riesgo de no terminar nunca. Intentaré agregarlas poco a poco según las vaya recordando.

Mariano Fernández.

Agradecimientos a Carlos Cabau y Mariano Valladar por la aportación de las fotografías.

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